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Y tú, ¿ya te reencontraste con tu hij@ adolescente?

Una mujer a la que llamaremos Julieta me contactó para agendar una cita para su hijo adolescente, Santiago. Cuando llegó la fecha acordada y les abrí la puerta, ella entró muy segura, mientras que él tenía un semblante de no entender nada.

En la primera sesión con adolescentes, suelo primero tomarme unos minutos a solas con los padres para que me expliquen el motivo de consulta y después ya quedarme con su hijo. Por eso, al hablar en privado con Julieta, y al recordar la cara que traía Santiago, pregunté a su madre cuándo le había hecho saber que lo traería conmigo.

Su respuesta me dejó asombrado: “Acabo de avisarle. Él estaba en la sala jugando videojuegos. Le apagué la consola, le dije que lo llevaría a terapia en ese instante y lo traje para acá”.

¿Te das cuenta de la falta de respeto que eso implica? Si hubiera sido al revés, ¿estarías dispuesto a que suspendieran tus actividades intempestivamente y te obligaran a ir con un desconocido a confiarle tu vida?

Hablé con Julieta y le hice ver el error que había cometido; y por supuesto le pedí que, saliendo de consulta, le ofreciera una disculpa a su hijo. Cuando Santiago entró, yo también me disculpé con él por el incidente y le hice saber que respetaría su decisión de no hablar de nada si no quería, pues acababa de enterarse que lo llevarían a un lugar que él no había pedido. Por fortuna, pudo abrirse y trabajamos muy bien.

El mundo de la adolescencia

Estamos hablando de una de las etapas más importantes en el desarrollo humano. Se caracteriza por una sola palabra: cambios, que ocurren a un ritmo acelerado, involuntario y sin frenos. Este periodo comprende aproximadamente de los 10 a los 19 años de edad.

Durante esta etapa se experimenta de todo: maduración física y sexual, independencia social y a veces económica, desarrollo de la identidad, la orientación sexual, habilidades de comunicación y razonamiento abstracto, entre otras.

La persona comienza a tomar sus propias decisiones, lo cual también implicaría conductas de riesgo: consumo de alcohol y drogas, traumatismos, embarazos no deseados, infecciones de transmisión sexual, y hasta presión social y familiar por elegir una profesión.

Suena desafiante, ¿verdad? Pues, ¿qué crees? Tú atravesaste por la misma etapa, en la que quizá te sentiste incomprendida, poco valorada, enojada con tus padres, abandonada, enamorada y no correspondida, presionada por los adultos…

De ahí que sea tan importante que ahora, como la adulta que eres, te reencuentres con ese hijo o hija que tal vez en este momento está a puerta cerrada en su habitación, sin querer saber de nada ni de nadie… tal como quizá te llegó a ocurrir a ti.

A diferencia de otros colegas que les huyen a los adolescentes, a mí me fascina trabajar con ellos, pues solemos caernos bien y hacer una sólida alianza. Me maravilla la energía que tienen, su visión del mundo, su hambre de llegar lejos, sus expresiones y hasta sus gustos (gracias a ellos he podido saber de música nueva, videojuegos, series y hasta tendencias).

Reencontrarte con tu hija

En la primera sesión, después de hablar a solas con sus padres y luego con el adolescente, en la tercera y última parte nos juntamos todos. Ahí, les hago saber cómo trabajaremos y les menciono que, en la penúltima sesión, me reuniré únicamente con los padres.

Lo anterior se debe a que, por supuesto, ellos tienen derecho a saber qué estuvimos haciendo sus hijos y yo durante todas esas semanas (además, están pagando para ello). Pero lo más importante, es que en esa sesión les llevo una lista de temas sobre lo que a su hijo le gustaría que ellos cambiaran para llevarse mejor.

Por eso, una consulta antes, me pongo de acuerdo con el adolescente para acordar la lista y qué cosas me permitirá decirles y cuáles no (obviamente, cuando se trata de una situación de riesgo, siempre lo convenzo de plantear juntos el tema con sus padres).

La confianza de un adolescente es un tesoro invaluable.

La verdad es que la sesión con papás no es nada sencilla. Me toca a mí negociar y defender a mis pacientes. Los adultos llegan con ideas mucho más arraigadas, pensando que deben educar como fueron educados (de hecho, la única parte que no me gusta de trabajar con adolescentes es que en algún momento tendré que reunirme con sus padres, jeje).

De esta manera, he identificado algunas constantes en cuanto a la relación que mantienen con sus hijos y cómo podrían mejorarla. Toma nota:

1. Conocerlo

Has convivido más de una década con tu hijo, pero ¿lo conoces en realidad? ¿Sabes quién es su mejor amigo? ¿Su videojuego favorito? ¿En qué parte del cuerpo siente más cosquillas? ¿Su materia preferida? ¿A qué le tiene miedo? ¿Juegas con ellos?

Suelo hacer estas preguntas a los padres de mi paciente y la mayoría responde acertadamente menos de la mitad. Es entonces cuando les digo: “Cómo quieren que cambie si ni siquiera lo conocen”.

Después les pido llenar una hoja cuyo título comienza diciendo: “Cuando yo era adolescente, odiaba que los adultos…”. Muchos padres se sorprenden al darse cuenta que están repitiendo los mismos patrones que tanto odiaron de sus padres. De ahí la importancia de conocer a tu hijo.

2. Respetarlo

A muchos padres se les olvida que sus hijos ya han crecido. Y ahora que son casi adultos, pueden (y deben) elegir por su cuenta. Pero sobre todo, tienen derecho vida privada.

Muchos padres se enojan cuando les hago saber que el pacto de confidencialidad no es con ellos, sino con sus hijos, y que no les diré nada que el adolescente no me permita. Y siempre se los cumplo.

Y por supuesto, al respetar lo que hacen, los adolescentes también ya pueden empezar a lidiar con algunas consecuencias de sus malas decisiones, por ejemplo al reprobar una materia o cometer alguna falta. Tampoco tendrían por qué obligarlo a hacer algo que no quiere.

Los adolescentes siempre estarán huyendo de las figuras de autoridad.

Te pongo un ejemplo: alguna vez una madre me llevó a su hijo adolescente. Y cuando entraron, ella lo estaba presionando para que hablara, mientras él permanecía agachado y con los brazos cruzados. Entonces, su madre me dijo: “Es que mi hijo dice que por qué le va a contar su vida a un desconocido”.

Claramente, la madre esperaba que yo me pusiera de su lado, pero le sorprendió mi respuesta. “Tu hijo tiene razón. No me conoce. Yo tampoco le contaría mi vida a un extraño. Que me conozca, y si ya después él decide continuar, lo hacemos”.

Al escuchar mi respuesta, el chico levantó por fin la mirada y, cuando su madre se fue, se abrió por completo.

3. Negociar

Todo en esta vida es negociar. Y ante un adolescente que está experimentando el tomar sus propias decisiones, versus unos padres que imponen reglas, hay que llegar a puntos en común.

Negociar con un adolescente es más fácil de lo que se cree. Ellos entienden sus obligaciones, pero también quieren defender sus derechos. Aquí dos ejemplos de acuerdos efectivos:

Una mamá estaba harta de que su hijo utilizara las redes sociales hasta altas horas de la madrugada. Y cuando se desesperaba, simplemente le arrebataba el teléfono y el caos comenzaba.

En terapia, acordamos que el adolescente tendría una hora tope para usar el móvil (con alarma y todo), pero para evitar que su madre le arrebatara el teléfono intempestivamente, 15 minutos antes ella le haría saber que su hora acordada se acercaba. De esta manera, él podía prepararse para irse despidiendo de sus contactos y publicaciones. Ambos estuvieron de acuerdo y problema solucionado. Puede usarse el mismo modelo de negociación con los videojuegos o las salidas con amigos.

Segundo ejemplo: Una madre y su hijo tenían problemas constantes con las labores del hogar. Ella quería que él trapeara la casa a un día y hora determinados. Él estaba de acuerdo en que, al vivir en un hogar, tenía obligaciones domésticas; pero le parecía muy rígido tener una hora específica para hacerlo… y tenía razón.

La idea era, con su madre, negociar que el chico trapeara en un día específico, pero a la hora que él quisiera. Ella se resistió al argumentarme que de nada le serviría que él trapeara en la noche porque ya no tenía caso, pues el día ya había terminado.

Llegamos entonces a un mejor acuerdo: que el chico trapearía una noche anterior, cuando todos ya estuvieran en sus habitaciones. Así, a la mañana siguiente ya amanecería todo limpio y él podría hacerlo con calma, sin interrupciones y con su música preferida en los audífonos. La mujer se resistió, pero al final aceptó.

4. Ganarse su confianza

Es muy común encontrarme con mamás que quieren ser amigas de sus hijos. Mi respuesta para ellas siempre es la misma:

No pretendas ser su amiga, no lo necesita. Amigas, tendrá muchos en su vida. Madre, sólo una. Tus hijos te necesitan como madre, no como amiga.

Con un buen acompañamiento, los adolescentes pueden abrirse y confiar. Por eso, hay que pensar siempre qué le vamos a responder y cómo, porque corremos el riesgo de que se cierre aún más y se pierda la confianza.

Aquí un ejemplo: Una de mis adolescentes tuvo un problema con sus padres porque, en la televisión, una mujer transexual compartía su testimonio. Mi paciente dio su opinión y sus padres (de ideas más conservadoras) la refutaron de inmediato. Ella se encerró en su habitación y le costó mucho volver a abrirse con ellos.

Y es que no se trata de tener la misma opinión, sino más bien de respetarse y conocerse más. Por eso, suelo pedir a los padres de mis pacientes que, más que enjuiciarlas, mostraran interés.

Es decir, en el ejemplo anterior, si la adolescente emitió su opinión, bien pudieron hacerle preguntas, como “¿Por qué piensas eso?”, “¿Qué desafíos crees que enfrentan estas personas?”, “¿Conoces a alguien transexual?”. De esta manera, sus padres habrían fomentado el diálogo y su hija se hubiera abierto a opinar más y dejarse conocer en temas que ella considera importantes, como la diversidad sexual, en este caso.

5. Disculparte

Muchos adolescentes sólo necesitan que sus padres los reconozcan y les hagan saber que quizá en varios momentos no han sido los padres que ellos esperaban. Y en muchas ocasiones, los jóvenes son tan nobles que con una disculpa es suficiente.

Como la mujer exitosa que eres, tal vez en varios momentos tus hijos tuvieron que soportar tus ausencias. No estamos diciendo que no tengas derecho a realizarte en otros ámbitos de la vida, sino más bien que ellos merecen explicaciones y toda la calidad que puedas darles.

Pero sobre todo, a lo que te invito es a conectar cuánto del comportamiento de tus hijos es un reflejo de ti. Sin importar lo que veas, estás muy a tiempo de reconducir el camino y hacer que tus hijos te miren y admiren: como madre, como mujer, como líder exitosa y, sobre todo, como un ser lleno de amor.

¿Qué te parece? ¿Te hace sentido todo esto? ¿Recuerdas qué necesitabas de tus padres cuando eras adolecente? ¡Pues ahora es tu oportunidad de dárselo a tus hijos! Encárgate de crear los mejores recuerdos y lecciones que sólo una madre puede darles.

 

Abraham Monterrosas Vigueras es periodista, trabajador social y psicólogo clínico, especialista en terapia breve.

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