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Ponerle palabras al miedo… rompiendo el paradigma

Mis pacientes saben que estoy para ellos 24/7. Por eso, cuando Jorge me envió un mensaje para saber si podía marcarme por teléfono, no dudé en responderle que sí. Nos habíamos visto apenas hace dos días, pero él necesitaba hablar de manera presencial y lo recibí de emergencia.

Jorge estaba lidiando con una enfermedad autoinmune, un empleo intermitente y un inevitable divorcio. Estando en casa, de pronto sus emociones se acumularon y no sabía qué hacer. Y todo empeoró cuando su aún esposa y su hijo le dijeron lo único que no quería escuchar: “No tengas miedo”.

El miedo, como cualquier otra emoción, es parte del ser humano y de la vida.

En la cultura occidental, se nos ha repetido hasta el cansancio que nunca debemos tener miedo, que debemos controlarlo o superarlo. Sin embargo, otras civilizaciones tienen una visión mucho más saludable en torno a esta emoción.

En el budismo, por ejemplo, se cree que el miedo nace del rechazo a las sensaciones que generan sufrimiento (pérdidas, conflictos, frustraciones). Por ende, para trabajar el miedo, sugieren reconocer el dolor que produce y enfocarse en el presente.

Censurar una emoción

Desde la psicología, más que negarlo o dominarlo, a muchos pacientes les ha servido ponerle palabras a ese miedo, en un ambiente de confianza y libre de juicios. Por ello, cuando Jorge llegó a su sesión de emergencia, lo único que hice fue validar sus emociones y permitirles hablar.

El hombre lloró, se enojó, gritó, fatalizó y maldijo… y eso era lo único que necesitaba: que no censuraran su derecho a sentirse así (tal como lo hizo su familia al pedirle que no tuviera miedo). Una vez vaciada la emoción, pudimos avanzar.

El miedo es una reacción normal ante una situación que representa un peligro real o percibido.

También hay reacciones fisiológicas, como aumento en la frecuencia cardiaca, respiración agitada, llanto, sudoración y hasta escalofrío. ¿Por qué ocurre esto? Porque el cuerpo también reacciona y merece ser validado.

Sin embargo, solemos censurarlo y callarlo con medicamentos, como una manera inmediata de bloquear el sufrimiento. Esto confirmaría lo que señala el budismo sobre rechazar de inmediato las emociones que solemos considerar ‘dañinas’.

Y mucho ojo: no estamos diciendo que los fármacos no cumplan una función vital en la salud humana, sino que más bien el cuerpo nos está hablando todo el tiempo y hay que escucharlo.

Entonces, ¿qué hacer?

Cuando vas en la noche por una calle oscura y alguien se acerca, ¿cuál es tu reacción? Posiblemente caminar más rápido, verificar si esa persona te está siguiendo o incluso cruzar hacia la otra calle… es decir, al reconocer el miedo, tu cerebro activó una especie de modo alerta y, para mantenerte segura, buscó alternativas.

O dicho de otro modo, esta emoción se encargó de protegerte. Y al reconocerla y dejarla actuar, te permitió encontrar soluciones. Entonces, ¿el miedo será tan malo como dicen?

El miedo aumenta la energía en momentos de peligro y genera acciones de precaución y prudencia.

Por ende, el primer paso siempre será aceptar que ese miedo existe. Hay que reconocer su importancia y abrirnos a la posibilidad de que quiere decirnos algo que es importante.

Una vez que lo hemos reconocido, ahora hay que validarlo. Y eso se logra, como mencioné al principio, poniéndole palabras. Deja lo racional a un lado y entrégate a la emoción (sin ponerte en riesgo, por supuesto). No seas la primera en juzgarte, sino todo lo contrario.

Hay que dejar que el miedo haga su trabajo en nosotros.

Volvamos al ejemplo de Jorge. Se sentía incomprendido porque las personas a su alrededor, lo primero que hicieron, fue invalidar su miedo. Le prohibieron el derecho a experimentarlo (como si eso fuera posible).

Por eso, cuando llegó conmigo, le pedí que me contara más sobre ese miedo, de dónde cree que venía y qué es lo peor que podría pasarle. No lo juzgué ni anulé, por mucho que sus ideas fueran exageradas. Y después de que liberó todo, le pedí que visualizara a ese miedo y, desde el corazón, le dijera lo siguiente.

“Miedo: Gracias por querer protegerme. Me permito escucharte.”

¿Te das cuenta de que la emoción es la misma, pero la manera de abordarlo es completamente diferente? Ya no tenemos que pelearnos con el miedo ni hacer de cuenta que no existe. Si hacemos las paces con él y dejamos que actúe en nosotros, podrá ofrecernos grandes revelaciones.

Y ahora es tu turno

¿A qué le tienes miedo?, ¿por qué?, ¿te has encargado de censurar esta emoción?, ¿qué es lo peor que podría pasar si a eso que le tienes miedo ocurre? No respondas desde el filtro del adulto que todo lo quiere controlar. Al contrario, entrégate a la sensación. Ya habrá momento para saber qué hacer después.

Mira al miedo de frente, ponle palabras y permite que tu cerebro haga la parte que le toca y que sabe hacer: sanarte. Esto forma parte de identificar las emociones, algo que puede solucionarlo todo desde adentro.

 

Abraham Monterrosas Vigueras es periodista, trabajador social y psicólogo clínico, especialista en terapia breve.

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