“¿Por qué querría perdonar a quien me hizo tanto daño?”

Tenía apenas seis años cuando Lisa conoció el abandono. Forzada a comer un platillo que no le gustaba, terminó por vomitarlo en plena mesa. Su madre la tomó por el cabello, la obligó a tragarse el vómito y después la encerró en un ropero.

Enojada, la madre le gritó a Lisa que estaba harta de vivir con ella y prefería irse de ahí. Tomó una maleta vacía y salió del lugar. Volvió a la media hora, pues no era cierto que la abandonaría. Pero para entonces, la niña ya había generado su primer recuerdo doloroso.

Con esta historia es como Lisa, ya convertida en una adulta, llegó a mi consultorio, aunado a más registros de maltrato físico y psicológico que tuvo durante años por parte de su madre. Y luego de algunas sesiones, cuando llegó el momento de plantearle la necesidad de perdonar a su victimaria, su reacción fue de extrañeza: “¿Pero por qué querría perdonar a quien me hizo tanto daño?”

Perdonar: ¿qué sí es y qué que no es?

Lo que siguió en la vida de Lisa fue una larga lista de relaciones tóxicas con mujeres: amigas, vecinas, subordinadas y hasta jefas de trabajo. Era claro, tenía que reconciliarse con la primera mujer de su vida: su madre. Y al resistirse, no pudo sino atraer más de lo mismo. Pero al hablarle sobre perdonar, lo primero que hicimos fue distinguir lo que no es, de lo que sí es.

Por ejemplo, perdonar NO es aprobar una ofensa hecha o justificarla. No es ignorar el daño como si nunca hubiera pasado. Perdonar tampoco es relacionarte nuevamente con la persona que te hizo daño. Por ejemplo, para perdonar, una mujer golpeada no tiene por qué volver con su ex pareja. ¿Lo perdona? Sí. ¿Lo quiere de nuevo en su vida? Definitivamente no.

Por lo tanto, no es “perdonar y olvidar”, sino “perdonar y aprender”.

Si alguien cometió un daño con alevosía y debe pagar por ello, el orden divino se encargará (o quizá ya lo esté haciendo). Averiguarlo no nos corresponde. Y si creemos que debemos enterarnos de las penas que está pagando nuestro victimario, entonces no estamos perdonando. Estamos vengándonos… y eso tampoco es perdonar.

Ahora, perdonar SÍ es permitirte estar en paz con una situación dolorosa. Es disolver un viejo resentimiento que se ha convertido en una sombra que nos nubla el camino presente y futuro. Y lo más importante: perdonar JAMÁS tiene que ver con la otra persona. Perdonar es un regalo para ti misma. Es tu carta de liberación.

Y ante la pregunta recurrente de cómo hacerlo, nadie mejor que la oradora Louise Hay para resumirlo: “No hace falta saber cómo perdonar. Basta con estar dispuesto a hacerlo. Del ‘cómo’ ya se ocupará el universo”.

Antes de perdonar al mundo…

El primer paso es perdonarse a sí misma. Por ello, perdonar es un gran acto de amor hacia la persona más importante del mundo: tú. Quizá siendo una niña, Lisa no pudo defenderse y poner límites, pero en definitiva sí fue responsable de que, ya como adulta, se permitiera relaciones tóxicas con otras mujeres.

Los niños toman todo literal. Y si una madre toma una maleta y se va, eso es justamente lo que entiende un niño, por más sentido figurado que esto parezca. De ahí que Lisa mantuviera esa férrea resistencia a perdonar, pues consideraba que ese acto es ‘imperdonable’.

Pero luego de profundizar en el concepto del perdón, aunado a ejercicios hechos durante algunas sesiones y una serie de tareas, Lisa se dio permiso y entendió que perdonar no es hacer de cuenta que nada ocurrió, sino más bien darse la oportunidad de trascender a un pasado que solo la oprimía a ella.

Al hacerlo, la que más ganó fue Lisa. O como dijera Pedro Calderón de la Barca: “Vencer y perdonar, es vencer dos veces”. Y al perdonar, Lisa venció. Perdonó y aprendió. Y con ello, se liberó.

 

Abraham Monterrosas es periodista, trabajador social y psicólogo clínico, especialista en terapia breve.

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