Pasar de la comida ultraprocesada a la casera fue tan fácil que aún no lo creo

Los intentos por comer más saludablemente pueden ser difíciles de llevar adelante si no se tiene una estrategia firme. El problema es que esos productos que quieres dejar, están disponibles en cada góndola del supermercado, promocionándose a sí mismos para ser consumidos veloz y vorazmente.

Cuando descubrí todos los ingredientes potencialmente nocivos que contiene un simple e “inocente” paquete de patatas fritas, las galletas dulces de la merienda y las sodas en botella, por nombrar solamente algunos, me decidí a mejorar mi alimentación y así, mi salud. Te cuento cómo incorporé de a poco estos cambios que ya se convirtieron en parte de mi rutina y además, me trajeron ventajas inesperadas.

Snacks saludables
Empezar a comer mejor no implica dejar la comida deliciosa… ¡por el contrario! Foto: Milkos/iStock

1. Aprendí a leer etiquetas y envoltorios

El primer paso fue checar etiquetas. Descubrí que los ingredientes de los productos se enlistan de mayor a menor cantidad, por lo que traté de evitar todo aquello que tuviera sal, azúcar o harina y aceite en el inicio. El asunto es, principalmente, que las cantidades que se usan para elaborar esos productos suelen ser inmensas (para hacerlos así más “adictivos” ) y por ende, más contraproducentes para la salud. Y ojo con esto: el azúcar tiene varios nombres o “alias”, tales como maltodextrina o jarabe de maíz de alta fructosa. Por eso, a veces creemos que un producto no contiene azúcar pero sí la tiene.

Descubrí también que los envoltorios pueden llegar a contener leyendas engañosas en el frente. Quizás utilicen el color verde o la palabra “natural” para hacernos sentir que el producto es más saludable que otros, o bien, se jacten de tener “0% colesterol”, cuando en verdad quienes tenemos colesterol somos las personas y no los productos.

2. Empecé a seguir a nutricionistas, periodistas y chefs comprometidos con la salud en redes

Para mantenerme motivada en mi intento de evitar ultraprocesados, comencé a seguir cuentas de personas informadas y capacitadas para que me orienten. Principalmente, me encontré con una periodista dedicada a este tema llamada Soledad Barruti, quien me hizo entender con sus investigaciones, que los ultraprocesados no son alimentos reales, sino productos llenos de ingredientes químicos y potencialmente dañinos para la salud. Entendí la problemática de los agrotóxicos y cómo su uso va en aumento porque los organismos a los que se intenta eliminar con ellos se van fortaleciendo año a año, precisamente, por el uso indiscriminado de esos mismos agrotóxicos.

3. Incorporé recetas fáciles y rápidas

Para reemplazar esos snacks, bebidas azucaradas y/o carbonatadas y algún que otro postre envasado, me comprometí a aprender recetas fáciles y económicas que no me dieran pereza realizar.

Aprendí a hacer galletas de polenta, queso y orégano. Comencé a hacer papas al horno o sartén con algo de aceite y especias picantes para reemplazar a las de paquete. Reemplacé los quesos de pote por una “mayonesa” de zanahoria deliciosa con tres ingredientes (ajo, aceite de oliva y por supuesto, zanahoria al vapor, todo licuado).

Para reemplazar esos snacks, bebidas azucaradas y/o carbonatadas y algún que otro postre envasado, me comprometí a aprender recetas fáciles y económicas que no me dieran pereza realizar.

 

Para beber, limonadas con menta y jengibre y quizás, alguna cucharada de miel.

4. Empecé a comprar en mercados y tiendas naturales

Una vez que aprendí a leer etiquetas y a cocinar opciones para reemplazar a los snacks y postres, me encontré yendo al supermercado cada vez menos. Cuanto mejor aprendí a leer etiquetas, más me di cuenta de que tenía que empezar también a cambiar la materia prima de mis preparaciones.

Así, empecé a ir a los mercados orgánicos para comprar mis frutas y verduras, y a las tiendas naturales a conseguir las harinas para mis pizzas, panes y galletas. Pasé del paquete refinado a elegir muchas opciones integrales, harinas distintas, como la de garbanzos o avena. Del azúcar blanco al mascabo o a la miel; de la leche de vaca (que aún sigo bebiendo pero en menor medida) a las leches de avena o coco (hechas en casa, of course).

Sin obsesionarme ni fijarme metas ridículas o absolutistas, fui reemplazando algo que ya hacía por otra cosa un poco mejor. Casi sin darme cuenta, mejoré el 90% de mi alimentación.

Una ventaja inesperada

Si eres como era yo, cuando leíste acerca de los cambios que hice, probablemente hayas pensado que “no tienes tiempo” para comprar y cocinar así. O que te resultará demasiado caro. Te cuento que, para mi grata sorpresa, el tiempo y el dinero me sobran como nunca desde que comencé a hacerlo.

Es que la comida empaquetada es más cara que la casera, además de que es más adictiva y nos “incita” a comprar más. Y también, no olvides que tu dinero es el resultado del tiempo que pasaste trabajando, por ende: cuanto más dinero gastas, más tiempo de tu vida estás usando.

Por el contrario, cuando vas al mercado natural u orgánico (cuidado: ambas cosas no son lo mismo), te encuentras con que tardas menos en comprar, porque los espacios son más reducidos. También, si estás en plan de comer mejor, ya sabes qué es lo que quieres adquirir y vas directamente a ello.

De la misma forma, cocinar galletas, pizzas, tapas de tarta y otros alimentos me lleva a que en una “sesión” de cocina, haga más comida para congelar. Igualmente, al elegir recetas fáciles y al tener todos los ingredientes a la mano, puedo hacer en el momento recetas que me llevan unos 15 minutos. Mucho menos tiempo del que tardo en salir a comprar.

Yo no me arrepiento de este cambio, y cada día me siento un poco mejor. A ti, ¿cuál es el producto que crees que te costará más reemplazar?

Angela Kotsell/iStock
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