Pequeñas concesiones, mi secreto para olvidarme de las dietas ¡pero no de mi figura!

Desde la adolescencia, hice una y mil cosas para bajar o mantener mi peso. Sobre todo, dietas y más dietas. Desde consultar con la nutricionista hasta pasar montones de horas en el gimnasio o asistir a grupos de ayuda para adelgazar, probé cuanta estrategia encontrara en el marco de la salud.

Sin embargo, debo confesarte, que los resultados fueron siempre temporales. Perdía muchísimos kilos, para volver a recuperarlos meses después. Sucede que en verdad, yo atacaba la consecuencia pero nunca la raíz de la cuestión: tenía la tendencia a “comerme los problemas” (Help! Angustia oral), por lo que no conseguía sostener nada a largo plazo.

¡Hasta que un día lo hice! De hecho, ya han pasado diez años y no volví a subir de peso.

Un secreto sencillo, que hace maravillas

Si estás preguntándote “¿Cómo lo hizo?”, acá va el secreto. Resulta que una década atrás, estaba en una de esas fases de enorme descenso (25 kilos, para ser precisa). Me había embarcado en ella con una rigurosa rutina de gimnasio. Creo que hice ejercicio aeróbico como para compensar cualquier vagancia deportiva por el resto de mi vida…

La cuestión es que sí, logré perder el ansiado sobrepeso. Pero algo fue diferente aquella vez. Tuve una suerte de revelación. Noté que cuanto más me privaba de algo, más ansiedad por comerlo me generaba. En consecuencia, cuando finalmente acababa la dieta… ¡Problemas!

Cambié entonces de estrategia. En lugar de negarme un chocolate, el cono de helado o el platillo gourmet que deseaba, me permití saborearlo, pero en pequeñas cantidades. ¿Quería chocolate? Entonces comía uno o máximo dos cuadraditos pequeños, por darte un ejemplo.

De igual modo, en lugar de ejercitarme hasta quedar exhausta, emprendí el desafío de hacerlo más regularmente pero en moderación,  para asegurarme de quemar más calorías de las que consumía. Y por supuesto, como ya te mencioné que mucho de lo que comía era por ansiedad, busqué una manera más saludable de canalizar los problemas o el estrés.

La década ganada 

El cambio en mi salud fue notorio e inmediato. No solo porque después de muchos años de subidas y bajadas conseguí sostenidamente sentirme más liviana, sino porque pude finalmente emprender la tarea de conocer mi cuerpo adulto, empezar a quererlo y aceptarlo como es.

Sin embargo, aunque no volví a subir de peso, me tomé el cuidado del cuerpo como una maratón, más que una carrera. Es decir, nunca tiré la toalla. Al día de hoy, sigo permitiéndome pequeños gustitos alimentarios y haciendo media hora de ejercicio moderado casi a diario.

Y lo reconozco, mantenerme en un peso saludable, hay días que me cuesta más que otros. Pero cuando eso sucede, intento reconocer si estoy siendo invadida por un impulso por comer o es verdaderamente apetito. Así, cuando se trata de lo primero, busco una actividad para distraerme y, sobre todo, gastar energía. ¿Qué crees tú? ¿Tienes algún secreto que te haya ayudado a mejorar tu silueta?

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Merinka/iStock

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