Lo que unas vacaciones me enseñaron a los 40 años

Acabo de regresar de vacaciones y esta vez las disfruté más que nunca, y no creas que me fui al destino más exótico del planeta, más bien creo que fue porque esta vez, por primera vez, me desconecté totalmente de todo.

Me desconecté del trabajo, de las redes sociales, de mis propias reglas, del teléfono y decidí vivir al máximo cada momento de mi escapada.

Hace 10 años no gozaba de mis vacaciones porque creía que si me desconectaba del trabajo mi oficina se vendría abajo, no sabía delegar y quería estar al tanto de tooooodo.

Hoy he aprendido que nadie es indispensable y que la la vida laboral continuará exitosamente aunque me desconecte por una semanita o dos. ¡De verdad no pasa nada! La gran diferencia la veo en mi vida personal que ahora sí me siento descansada física y mentalmente.

Me di la oportunidad de disfrutar de los grandes placeres de la vida, comí rico, me tomé unos drinks de más y dormí más horas de lo que normalmente descanso sin ningún remordimiento

A mis 30 quería cuidar mi figura e incluso estando de vacaciones contaba las calorías de las bebidas y las comidas y no dejaba de ejercitarme. Finalmente comprendí que está bien romper la dieta y dejar la rutina de ejercicio. La idea con irse de vacaciones es también agasajarse y romper algunas reglas propias.

Esto aplica también al maquillaje y a la vestimenta, antes viajaba con un montón de maletas y a veces hasta me tocaba pagar sobre equipaje, ahora viajé ligera, con poquita ropa y opciones para repetir cambios combinando las prendas y no me lo podía creer pero les juro que solo llevé tres pares de zapatos, solo tres.

Unas chanclas para la playa, unos tenis para caminar y estar cómoda y unos tacones bien monos que usé varias veces y lo mejor del caso es que no pasó nada. ¿Qué necesidad de viajar con el clóset en la maleta para luego volver con más de la mitad de la ropa sin usar?

Fue un acto liberador al igual que no maquillarme todos los días -eso sí me mantuve fiel al bloqueador solar, a eso por nada del mundo renuncio-.

Me olvidé por completo del maquillaje y de estar perfecta.

Llevaba muchísimo tiempo en el que no disfrutaba de las pequeñas cosas -como un atardecer- y es que vamos a un ritmo muy rápido y haciendo multitasking todo el día. Pero a mis 40 me prometí que pondría en práctica todos los libros que he leído de mindfulness y presté atención a todos esos detallitos que son un regalo de la vida.

En este viaje decidí no planear. Leí por ahí que uno se decepciona cuando tiene altas expectativas o ideas predeterminadas que luego no suceden, así que me dejé llevar de los consejos de los locales, de lo que realmente me apetecía hacer ese día.

Me despedí de esa “yo obsesionada” por conocer todos los sitios turísticos, así como restaurantes y bares de moda dignos de probar y ¿qué crees? la verdad fue una decisión muy sabia.

Realicé una pausa en social media y no digo que no toqué mis redes sociales porque te estaría mintiendo, pero sí fui muy consciente de que no quería estar pegada a Instagram mostrando cada detalle de mi viaje o checando la vida ajena de la gente a la que sigo, ¡qué agobio! Si por eso me tomé vacaciones. ¡Una buena dosis de detox!

Opté por viajar en una temporada que no fuera alta y la experiencia fue increíble, antes solo planeaba mis vacaciones coincidiendo con los puentes -para tener más días libres- o con los breaks escolares de mis niños en donde TODO el mundo también viaja y entonces las vacaciones se convierten en un infierno por la alta ocupación. 

Nada más lindo que una piscina casi para mí solita.

Adelanté unos días mi aventura y disfruté como si fuera una reina de un hotel y una playa prácticamente para mí solita y el mejor servicio. ¡Esas sí son vacaciones! Además en mi trabajo agradecieron enormemente el hecho de que no pidiera días libres justamente cuando todos los demás deseaban irse, así que 10 points for me.

Me di tiempo para no correr y disfrutar con pausa, de saborear cada momento y volví a casa antes de que se terminaran mis días de fiesta, mi yo de 30 hubiera exprimido hasta el último segundo de las vacaciones fuera del país, pero eso me generaba mucho estrés, el mismo estrés que revisar mi email del trabajo o querer planear todo a la perfección.

A los 40 sé que la vida pasa mucho más rápido de lo que me gustaría, que cuando te das cuenta ya tienes 40 aunque te sigues sintiendo de alguna manera de 20, así que volví antes, pero volví en paz y volví feliz, muy feliz, como nunca antes había vuelto y lo que es mejor ¡no me dio depresión post-vacacional!

Terminé mis vacaciones más feliz y relajada que nunca.

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