Met Gala 2019
instagram/metmuseum

La Gala del Met de este año nos dejó a varios estupefactos con los vestidos y accesorios que llevaron sus asistentes. Luego del shock inicial al ver llegar a Katy Perry vestida de candelabro (literalmente), y después de averiguar el tema de la fiesta, comencé a ver los desopilantes atuendos del evento de una forma más “espiritual”, si se quiere.

Los vi, ya no como un artificio o como una forma de “llamar la atención”, sino como una esencia arrancada desde adentro hacia afuera y materializada en esos trajes exagerados.

Y me pregunté: “¿Tiene mi vida suficiente ‘camp’?”

‘Camp’, un término difícil de definir pero fácil de detectar

El ‘camp’, de por sí, tiene un poco de artificio y de grotesco, un poco de exageración, de ir más allá de los límites de lo estéticamente permitido. Es darse cuenta o notar que algo es “demasiado”, estéticamente hablando, según lo describió la escritora y filósofa Susan Sontag en su ensayo llamado ‘Notes on Camp’ (1964).

Fue ese concepto, precisamente, el elegido para la Gala del Met de este año, y el que fue acatado rigurosamente por sus asistentes más famosos, como Katy Perry con su candelabro o Lady Gaga con sus múltiples vestidos (¿quién mejor que ellas para lo exagerado?).

Un poco de ‘camp’ puede hacernos bien

Mientras veía a las celebrities caminar y posar en la alfombra rosa, atravesé algo parecido a las etapas del duelo.

Primero, me invadió la ‘negación’. “No puede ser que se vistan así”, me dije.

Después, pasé brevemente por la ira: “¡¿Cómo pueden gastar dinero en esos ‘disfraces’?!”.

Posteriormente, negocié: “Bueno”, me dije. “Son artistas, tienen que ser excéntricas para llamar la atención”.

Luego me deprimí un poco, pero sólo hasta que leí cuál era el tema de la Gala.

Entonces, acepté lo que veía y recién ahí me pregunté por qué yo no me permitía darle la bienvenida a lo grotesco o ridículo en mi vida, y si eso quizás podría hacerme bien. Es que, ahondando en los pensamientos que había tenido mientras veía estos atuendos, me di cuenta de que constantemente me había repetido la misma pregunta: “¿No le da vergüenza?”.

 

 

Salir de la zona de confort y entrar en la zona de ‘camp’

La clave de esta búsqueda interior que impulsó la Gala del Met, parecía entonces estar ahí, en el sentir “vergüenza” por sobresalir demasiado, por parecer ridículo o por el “qué dirán”. Ese límite imaginario que creemos que hay que respetar es el mismo que nos hace sentir vergüenza cuando lo sobrepasamos. Y es el mismo que no nos permite ser quienes queremos ser.

Ese límite imaginario que creemos que hay que respetar es el mismo que nos hace sentir vergüenza cuando lo sobrepasamos. Y es el mismo que no nos permite ser quienes queremos ser.

 

Esa frontera que no nos atrevemos a atravesar es la fuerza que nos mantiene en nuestra zona de confort. La misma que no nos permite avanzar y decir: “¿Qué pasaría si…?”.

Es que quizás sí creamos que hay que tomar riesgos, pero no demasiados como para despertar comentarios y burlas. Tal vez pensemos que un poco de color o de extravagancia en nuestro atuendo está bien y hasta nos hace “osadas”, pero sin pasarnos de la raya de lo aceptable. Quizás pensemos que debemos emprender ese negocio, pero yendo a “lo seguro”, a lo que vende y a la fórmula que ya han probado otros.

Pero en ese caso, ¿estamos tomando un riesgo realmente? ¿Estamos intentando una nueva fórmula o estamos cambiando una fórmula vieja por una fórmula usada?

Quizás deberíamos atrevernos a usar ese sombrero extravagante para salir a la calle. Tal vez deberíamos animarnos a emprender ese negocio que a otros les parece ridículo. ¿Por qué no jugar un poco más con la mirada ajena y juzgadora? ¿Por qué no aprender a reírnos de nosotras mismas?

Eso sí: mientras reímos, no nos olvidemos de tomarnos en serio nuestra libertad de elegir y de ser.

 

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