A los maestros exigentes: gracias por hacerme fuerte

Durante 12 años fui a la misma escuela. Como podrás imaginar, con el tiempo, se volvió mi segunda casa. Sin embargo, como en todo hogar, lo más importante no eran sus centenarios edificios ni sus bellos árboles que engalanaban el predio. Lo fundamental, eran sus personas, entre ellas, mis queridos maestros y profesores.

De ellos, aprendí mucho más que a amar las matemáticas y la literatura, o la importancia de cuidar la gramática inglesa. En mi corazón, todavía llevo a muchos de ellos, quienes me han dejado huellas imborrables, que noto cada día.

Aún hoy, por ejemplo, al dictar mis propias clases, ya como maestra, me encuentro repitiendo las mismas simpáticas ilustraciones históricas sobre la vida en el Medioevo, que hace unos 15 años me brindó mi profesor Huguito Ladget.

De igual modo, me veo a mi misma recomendando inolvidables libros que conocí gracias a la magnífica Andrea Baronzini (de quien dicho sea de paso, hace muy poco tuve la dicha de leer su primera novela) o destacando la relevancia de ciertos conocimientos matemáticos de igual modo que, tiempo atrás, lo hicieran conmigo mis queridas profesoras.

Más allá de los libros

Sin embargo, sus grandes enseñanzas, no fueron solo teóricas. Muy por el contrario, muchos de ellos, como mis maravillosos profesores de inglés Patricio Harboure, Maru Torres y Norita Marzani, me inculcaron el valor del esfuerzo, de la perseverancia, de un trabajo bien hecho y a no rendirme frente a los obstáculos.

Recuerdo, por ejemplo, que Maru nos calificaba hasta con centésimos, que eran definitorios a la hora de aprobar (¡o no!) un examen. Muchos aseguraban que era de “mala”. Yo, en cambio, creo que estaba convencida de que podíamos más, y ese era su modo de invitarnos a desafiar nuestras propias barreras y alcanzar nuestro potencial.

Maestros de la vida

Pero la vida, es mucho más que la escuela formal. Y como puede que te haya sucedido, ella me ha regalo grandes maestros “sin título oficial”. Allí están mis amigas, quienes con cada charla, abrazo y palabra sabia a tiempo, me enseñaron que incluso cuando más desolados podemos sentirnos, no estamos del todo solos.

De igual modo, de Laura Braga y Mariel Llaneza, los dos pilares de la escuela de comedia musical B’way, en Argentina, aprendí lo esencial que es escuchar al corazón y luchar por los propios sueños.

Gracias a todos ellos, y a muchos otros grandes maestros que he tenido la suerte de cruzar en mi camino, no solo llegué a ser la mujer que hoy soy, sino que cada día, me permito ser un poquito más leal a mis deseos, sin olvidarme de dejar mi granito de arena para construir un mundo mejor, más justo y solidario, fundado en los valores. A todos ellos, un maravilloso Teacher’s Day.

pigphoto/iStock

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