Pensaba que para ser feliz debía recibir, pero dar me trajo mejores resultados

Hay momentos en los que sentimos que “falta todo”. Dinero, amor, tiempo y ganas de hacer lo que nos gusta. Consecuentemente, puede que incluso nos sintamos decaídos y poco después, nuestra salud empiece a empeorar. ¿Te suena? Así me encontraba yo, con más o menos detalle, hace algunos años.

Pero cabe destacar que esa sensación de que algo o todo “faltaba”, provenía más de una expectativa externa que propia. Tenía una casa, padres y hermanos que me amaban, salud, un trabajo que pagaba poco pero pagaba mis cuentas, y mucho tiempo libre para hacer lo que deseaba.

Sin embargo, sentía que para estar completa necesitaba recibir más de todo eso: más amor, más dinero, más tiempo… y que solamente así me sentiría plena y satisfecha.

Empecé a pensar en esto este fin de semana, cuando leí este artículo  y me encontré asintiendo con la cabeza una y otra vez con cada afirmación. Habla de los beneficios del voluntariado que, no solamente tiene efectos positivos en las personas que reciben la ayuda, sino en quien lo practica.

Es que, precisamente así es como salí de aquél círculo vicioso del vaso siempre vacío: dando lo poco que creía que tenía.

Corazón tejido en mano
Dar podría ser mucho más satisfactorio que recibir. Foto: coffeekai/iStock

Un techo de realidad para mis “problemas”

En aquél entonces, la única forma de sentir satisfacción en mi vida, creía yo, era lograr que todos los ticks estuvieran en su lugar. Poder tickear cada uno de los casilleros que superficialmente había creado la sociedad para mí, era la manera en que yo creía que se lograba la felicidad.

Así, me ocupaba de pedirle a las personas de mi alrededor que me dieran más: más amor, más presencia, más trabajo, más y más. No veía varias cosas: que la responsabilidad de tener todo eso es de uno, que si alguien no brinda todo eso es porque no tiene ganas o posibilidad de darlo, y que dando iba a recibir muchísimo más.

Cuando me topé con TECHO, la ONG que mejora las condiciones de vivienda de villas y asentamientos en Latinoamérica, no sabía lo que me estaba por suceder. No tenía ni idea de la magnitud del rayo que iba a atravesarme durante tanto tiempo, y cuya energía iba a durar hasta hoy (y espero, por mucho tiempo más). Llegué tímidamente a una de las actividades semanales por consejo de una de mis hermanas.

En un primer momento me sentí ridícula: ¿por qué estaba perdiendo el tiempo con toda esa gente desconocida en lugar de estar ocupándome de conseguir todo aquello que me faltaba? Después de eso no pude pensar mucho más: me preguntaron si quería “detectar” y les dije que sí. Sabía que consistía en hacer un relevamiento de las condiciones de vida de las personas que visitaban, para establecer prioridades sobre quién necesitaría ayuda primero.

Allí fuimos, a un barrio alejado que yo jamás había pisado. Acompañada de dos compañeros que hacía tiempo se dedicaban a esto, llegué a una casilla de una habitación en la que vivía una familia de 6 personas: madre, padre y cuatro hijos pequeños. Todos dormían en la misma cama.

Cuando escuché eso no podía entenderlo. Me quedé muda, mirando a mi alrededor y viendo el tamaño de la cama. “Seis personas en una misma cama”, repetía mi mente como queriendo convencerse de que algo así podía ser real. Pensé en mi cama: una queen size para mí sola. Recordé mis sábanas limpias, mis dos o tres juegos extra de sábanas, mis almohadas de pluma, el techo firme que protegía mi cabeza de lluvias, granizos, de la noche.

Cuando fui capaz de oír de nuevo, escuché a la mamá, con una sonrisa triste, describir que tampoco tenían cloacas ni agua potable. Ni ellos ni el resto del barrio.

Tragué saliva tratando de que no se notara el momento de shock que estaba pasando. Yo sabía pero no sabía REALMENTE que eso ocurría, no tenía ni idea en verdad, a pesar de haberlo oído tantas veces en los medios. Había gente que vivía así, todos los días, toda la vida. Recordé cómo en un instante de mínimo esfuerzo, yo abría un grifo y salía agua pura lista para beber. Que en cualquier momento del día yo podía tener sed y saciarla de forma segura y automática.

Yo no podía dejar de pensar en esos chicos que jugaban juntos en la cama riéndose mientras “todo eso les sucedía”. “¿Cómo pueden sonreír?”, me preguntaba, y no obtenía respuesta.

“¿Cómo pueden sonreír?”, me preguntaba, y no obtenía respuesta.

Un techo para mis expectativas de “felicidad”

Poco a poco, pasamos el rato conversando con esa mujer. Nos contó que trabajaba de lo que podía, vendiendo cosas aquí y allí, y que debía dejar a los niños solos por mucho tiempo para conseguir algo de dinero extra. Nos dijo que el papá tenía trabajo intermitente en una compañía de construcción, como obrero, pero que eso no les alcanzaba. Pero el peor problema era el del espacio. No podían dormir ni moverse y precisaban aunque sea una habitación más para poder estar más cómodos. Para que al menos, los 4 niños durmieran en una cama y ellos en otra. Pero su tono no era de queja o de angustia, sino que expresaba un deseo de mejorar, una expectativa de dar un paso más para estar bien.

Uno de mis acompañantes, quien parecía completamente acostumbrado a esta situación, le hizo algunas preguntas más, los saludó y nos fuimos.

Yo estaba entre triste y furiosa. Una parte de mí quería huir, irse a dormir a su cama queen size, taparse hasta las orejas con su edredón y apoyar su cabeza en la almohada de plumas para olvidar para siempre de lo que había visto. Otra parte, que yo no sabía que tenía, quería hacer algo y ayudar a esa familia ya mismo.

Un techo para el futuro

Luego de muchos fines de semana de “detección”, reuniones para evaluar las condiciones de muchas familias que vivían como aquella que había visitado la primera vez, se asignaron las casas a construir. Las casas, móviles y provisorias, se construían con un aporte de la familia en cuestión y ayudaban a mejorar por un tiempo condiciones extremas de vivienda para que la familia “despegara” y mejorara. Eran un puente para salir adelante.

A mí no me tocó construir con esa familia, pero sí con otra en condiciones parecidas. Pasé tres días transpirando, usando mis brazos y piernas para clavar paredes, ventanas, quemándome la piel al rayo del sol para que una familia no durmiera más toda en una misma cama. Posteriormente repetí la experiencia unas cuantas veces.

¿Saben cuántas veces en ese tiempo pensé en mis “problemas”? Cero.

Ni una vez en ese tiempo volví la vista a eso que yo creía que me faltaba. Por el contrario, me sentí en abundancia y hoy, años después, todavía me siento completa y plena sabiendo que lo que tengo es suficiente para ser feliz. Que si un día no me siento feliz puedo buscar mejorar mi situación, pero no desde un lugar de carencia, sino de deseo.

Así que, si estás decaída porque  sientes que lo que tienes no te “alcanza” para ser feliz, quizás te ayude dar. Para mí, al menos, fue la mejor decisión.

 

evgenyatamanenko/iStock
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