Cultivo en macetas: mis primeros pasos

Hace un tiempo, tuve la suerte (o desgracia, cada una dirá) de ver en televisión un programa acerca de la cantidad de agroquímicos que, sin saberlo, comemos con nuestros alimentos. Quedé pasmada. Shock mediante, y como toda mujer moderna, fue el puntapié para sumergirme en la World Wide Web, para averiguar más. Fresas, espinaca, manzanas, melocotones y tomates, encabezarían, junto a otras varias de las alternativas gastronómicas más populares, la lista de los productos más riesgosos en nuestra mesa, como aseguran reiteradamente las noticias y reportes internacionales.

Pero, claro, no podemos dejar de comer… ¡¿Y entonces?! La respuesta me llegó de la mano de las generaciones que me preceden. Pensé en la huerta que tiene mi abuelo en su casa de Valmorea (Italia), y en la que mi papá y su mujer, disfrutan en Argentina. ¿Y si yo también, emprendía mi propia huerta urbana? Aunque había un pequeño detalle: ni idea por dónde empezar.

Un tropezón no es caída

Me decidí entonces, por la practicidad. Básicamente, plantines de vegetales en las macetas de mi balcón. Ya te anticipo que los primeros intentos fueron un rotundo fracaso. ¿Las víctimas? Unas plantitas muy bonitas de tomates cherry obsequiadas por mi mamá que, con mi hija, trasplantamos en macetas. La cosecha inicial fue inmediata: media docena de frutitos que la planta traía consigo al momento del regalo. Jamás pasé de allí. A los pocos días, ya estaban secas y marchitas. Todo un don…

¡No bajé los brazos! Después de todo, no está muerto quien pelea. El siguiente intento fue, literalmente, más fructífero. Si algo había aprendido de YouTube, es que los vegetales se pueden “reciclar”. Así, después de comprar un atado de albahaca en la verdulería, me dije: “¿Y si pongo los restos con raíces en la tierra?” La suerte estuvo de mi lado. No solo volvieron a brotar hojas con las que pude disfrutar de numerosos platillos al pesto sino que, además, la naturaleza me dejó boquiabierta cuando descubrí que mi planta improvisada había dado nuevos brotes en la maceta contigua.

Albahaca fresca en macetas
OlgaMiltsova/iStock

Cuando la naturaleza te desafía

Pero no dejo de ser una chica urbana; por lo que, los desafíos más elementales, se convierten en enormes pruebas. Una mañana, por ejemplo, al salir al balcón a regar mis plantitas de albahaca, me encontré con que un cruel insecto, la había hecho también su cena. Debo confesar que, un tanto desesperada, busqué entre las hojas intentando dar con él… nada. El enemigo era bueno camuflándose. Quité entonces las hojas comidas y rogué que la situación no escalara. No sería tan sencillo. Día a día, mis plantitas estaban más debilitadas. Por fortuna, al final, la casualidad jugó a mi favor y tras una semana logré dar con la fuente de mis males agrícolas: un gusanito que a estas alturas estaba bastante regordete y al que, sin dudarlo dos veces, alejé de mis macetas.

Desde entonces, mis peripecias con la agricultura urbana me han llevado a “revivir” lechuga a partir del cabito restante de una planta de verdulería o a lograr que una rodaja de tomate con muchas semillas, diera gran cantidad de brotes. Debo confesarte que, nuevamente, los tomates están al borde de la vida. Tal vez no sea para mí; pero no me doy por vencida. Sueño con, poco a poco, tener una verdadera y bella huerta en el balcón, como esas que enseñan los tutoriales en Internet. Entre tanto, celebro mis pequeños logros y me regodeo con el extraño nuevo placer para mí, de sumergir las manos en la tierra. Sorprendentemente, tiene un efecto anti-estrés maravilloso que, especialmente hoy, celebrándose un nuevo Día Internacional de la Tierra, te invito a no dejar pasar. ¿Será que nos conecta con alguna porción primitiva de nuestro ser? ¿Qué opinas?

También te recomiendo: 
El pesticida ecológico que salvó mi planta más longeva

kosobu/iStock

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *

*
*