Dejar de fumar te abrirá más puertas de las que imaginas

Dejar de fumar no sólo mejoraría tu salud: además, podría abrirte puertas que ni pensabas que estaban ahí.

Éramos cuatro sentados en círculo, más el coordinador. A mi derecha, una mujer de unos 50 años que tosía cada vez que se reía con su dentadura amarillenta. A mi izquierda, otra mujer de unos 60 años, muy pero muy delgada, sus manos temblaban, pero no parecía tener frío ni miedo. Enfrente, se sentaba un hombre de unos 80 y algo de años con respirador artificial, que miraba a un punto fijo con sus ojos vidriosos.

El coordinador del grupo, más alejado de nosotros pero mirándonos, esperaba que alguien empezara a hablar. Yo, con mis 23 años de entonces y a pesar de sentirme ridícula por estar allí, hablé. Conté que fumaba desde los 14 años y que quería dejarlo, porque no me gustaba que una sustancia tóxica dominara mi vida, mis salidas, encuentros ni momentos solitarios. Los demás me miraron extrañados, incluso el hombre octogenario, que hizo un gran esfuerzo por levantar la vista. La mujer de 50 años se rió y tosió, todo en uno. El coordinador fue el único que me miró con rostro de orgullo. La mujer de las manos temblorosas elevó una de ellas para hablar.

Coordinador: – No tienes que levantar la mano para hablar.

Mujer de manos temblorosas: – Eres muy joven para dejar, yo si tuviera la edad de ella (al decir esto ya no me miraba) ni se me ocurriría. A mí me gusta fumar, si dejo es por mis hijos.

Mujer de risa y tos: – Yo estaba pensando lo mismo, ¿qué haces aquí? A ver, es admirable que tan joven quieras dejar, pero no es tan fácil, ¿sabes? Yo dejé unas mil veces y aquí me ves…

Hombre octogenario: – Yo si no tuviera esto (señalando el respirador) no estaría acá. Fumar es lo que más me gusta hacer en la vida, de hecho, yo creo que soy muy viejo para dejar. Si ya me arruiné, fumé demasiados años, ¿para qué sufrir ahora?

Los mensajes de los presentes me llegaban como flechas, me atravesaban dándole un justificativo a mis dudas, me molestaban, me enojaban y de un modo extraño y contradictorio, me daban más fuerzas para hacer lo que yo creía que era mejor para mí. Me fui de esa primera sesión y regresé unas cuantas veces más, enfrentando comentarios similares a los descriptos, tan desmotivantes y a la vez paradójicos como esos.

Es que, ¿acaso sólo se podía dejar de fumar a una edad determinada? ¿Si eras muy joven o muy “viejo” no se podía? ¿Había que dejar por los demás o por uno? ¿Que fuera difícil significaba que no debía intentarlo? ¿Estaba destinada a no lograrlo por muchos años más sólo porque esa había sido la experiencia de otros?

¿Que fuera difícil significaba que no debía intentarlo? ¿Estaba destinada a no lograrlo por muchos años más sólo porque esa había sido la experiencia de otros?

 

Así que me informé, leí mucho para fortalecerme y finalmente, luego de mucho esfuerzo, caminatas, agua y voluntad, nunca más volví a fumar ni volví a tener deseos de hacerlo. Pero la historia no terminó ahí: al poco tiempo cosas increíbles comenzaron a sucederme y es el día de hoy que esa decisión me sigue abriendo puertas.

Es que, mi energía al dejar de fumar comenzó a incrementarse. Me despertaba descansada, con los pulmones limpios y respiraciones profundas, abría los ojos al nuevo día con la sensación de haber ganado principalmente en libertad, además de en salud. Comencé a creer que podría lograr lo que me proponía a pesar de los pronósticos pesimistas (aunque no siempre malintencionados) de los demás. Empecé a ahorrar el dinero que ya no gastaba en tabaco, y al poco tiempo pude comprar un pasaje a Italia. Tomé la decisión de irme a vivir a un país lejano sola, sin trabajo y sin casa, pero con la convicción de que podía hacerlo. Al fin y al cabo, ¡había dejado de fumar cuando todos decían que era casi imposible!

Bárbara Asnaghi en Italia
Hace muchos años, cuando viví en Italia. Foto: Bárbara Asnaghi

Los años pasaron y viví también en otros países, a pesar de que algunas personas me desalentaban (repito, sin mala intención pero como reflejo quizás de sus propios temores). Decían cosas como: “Porque allí hay crisis ahora, no conseguirás trabajo”; “¿Y de qué vas a vivir? La vida de un inmigrante no es fácil”, y otras versiones similares. Pero yo recordaba las pocas expectativas que tenía aquél grupo de ex-fumadores, y me fortalecía en las dudas ajenas.

Un tiempo después tenía suficiente material para publicar un libro mío, y a pesar de que varios me advirtieron que no sería fácil lidiar con el “mundo editorial” y que solamente valía ser autor si te convertías en una multimillonaria como JK Rowling, me decidí y publiqué mi primer libro y luego mi segundo.

Feria del libro de Buenos Aires, Bárbara Asnaghi
Luego de dejar de fumar, muchas puertas se me abrieron: entre ellas, la de publicar un libro. Foto: Bárbara Asnaghi

 

En ese ínterin también me convertí en corredora, algo que habría sido imposible de haber seguido fumando. Corrí carreras en varios países, en calle y en montaña.

Todavía sostenida por aquél grupo de personas al que nunca más vi (y que dicho sea de paso, nunca se enteró de que su pesimismo era mi sostén), poco tiempo después me decidí a vivir de lo que me apasionaba: escribir. Como imaginarás, no fueron pocos los que me decían que ese era “un sueño infantil”, “un ideal que no pagaba las cuentas”, y otros comentarios similares. Pero al poco tiempo lo logré y lo mantuve todos estos años.

Hoy, gracias a que tomé la decisión de ser yo misma quien juzgue lo que puedo y lo que no puedo hacer, no me preocupa cuando alguien me dice que soy demasiado “grande” para hacer algo, o que ese algo es demasiado “grande” para mí. Hoy voy hacia adelante gracias, en parte, a esa porción inmensa de libertad que me dio dejar de fumar.

Y tú, ¿qué meta lograste aunque todos te dijeran que era difícil o imposible?

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