Una lágrima por Maruco

Era uno de esos seres que anidan en la memoria, que nunca se olvidan, porque pintaron de colores los paisajes de la niñez. Son protagonistas recurrentes del anecdotario, en esas tertulias anochecidas, de “bueyes perdidos” y de nostalgias. Y si bien pasan los años, dejas de verlos, o te mudas a otro país, siguen siendo parte de tu vida a través de los recuerdos.

Maruco era el verdulero que cada miércoles a la mañana estacionaba puntualmente su camión, rebosante de vegetales y frutas frescas, frente a la casa que me vio crecer.

Lo recuerdo lleno de color, en una atmósfera siempre amarilla de sol y de verano, aun con lluvia o con frío. Me encantaba encaramarme al paragolpes de su camión, y respirar el aire oloroso a manzanas, a duraznos y a naranjas, mientras mi mamá conversaba con las vecinas y preguntaba el precio de los alcauciles.

Organic vegetables healthy nutrition concept on wooden backgroundMaruco suele colarse en nuestra charla cada vez que añoramos esas queridas y hoy obsoletas costumbres de ciudad chica. “¿Te acuerdas cuando le pedíamos el teléfono a Don Mora, el zapatero? ¿Te acuerdas cuando la leche la traía a casa Don Marabuzzi?”

Recién, recorriendo distraídamente las actualizaciones de Facebook, Maruco afloró nuevamente en los recuerdos, esta vez, con la noticia de su muerte.

Una pátina gris tiñó por un momento las imágenes coloridas, lavadas por unas lágrimas inesperadas. Don Maruco yéndose, posiblemente anciano y muy diferente del que habita en mi memoria, pero con la sonrisa intacta, diciéndome hasta pronto con su mano, de mansedumbre y calidez pueblerina.

Maruco se fue de este mundo; pero seguirá viviendo en esas postales que ilustran la niñez, eternamente encaramado en su camión, inundado de luz y de colores.

Que en paz descanse, Don Maruco.

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